Inteligencia artificial generativa: Panorama desde un escritorio

27/10/2026

Inteligencia artificial generativa: Panorama desde un escritorio

Miguel Ángel Serrano es escritor, experto en comunicación y presidente de honor de European Writers’ Council.

Es un hecho conocido que los Modelos Grandes de Lenguaje, base de los sistemas de inteligencia artificial generativa (la que, en lenguaje natural, ofrece las aproximaciones estadísticas más probables a las peticiones que se le hacen, en textos, imágenes o música) han sido y siguen siendo entrenados con materiales sujetos a copyright o, yendo más allá, que ponen en entredicho la legislación sobre protección de datos.

 

Aunque esto afecta a todos los ciudadanos (especialmente por el uso de redes sociales como Facebook o Twitter, que pertenecen a compañías que también desarrollan modelos de inteligencia artificial) los sectores creativos están viendo cómo sus obras sirven para alimentar modelos que compiten directamente contra ellos: los escritores hemos de ver cómo se genera un flujo inacabable de novelas o ensayos «cometidos» mediante inteligencia artificial, los ilustradores pierden mercado a gran velocidad, los traductores ven bajadas de ingresos o de su propia consideración profesional. Es algo que debería ponernos en alerta.

Me he ocupado por extenso de este asunto en mi libro Androiceno: escribir en la era de la inteligencia artificial (Berenice, 2025), en el que analizo las intersecciones entre esta tecnología y el sector cultural, aunque con una mirada totalizadora que también comprende aspectos sociales, económicos y laborales. Como expreso en el volumen, las consecuencias del despliegue incontrolado de la tecnología, que parece más una operación militar, son devastadoras en algunos campos, como lamentablemente estamos empezando a ver. Por ejemplo, y de ahí el título del libro, el impacto medioambiental es desaforado: «Androiceno» es el término que propongo para explicar que la introducción de agentes autónomos implica que las máquinas toman decisiones para su prevalencia (y ya hay ejemplos de esto) sin tener en cuenta otros factores, como el consumo de agua. Sería la superación del término Antropoceno, esa teoría que afirma que el destino del planeta está ya solo en nuestras manos. Desde ahora, también en las manos de las máquinas o como mínimo, del oligopolio que está absorbiendo recursos para acelerar el desarrollo y despliegue.

Por otro lado, desde 2023 hasta el pasado año, presidí el Consejo Europeo de Escritores justo en la eclosión pública de la tecnología, lo que me situó en primera línea del debate político en pos de una regulación que consiga proteger a creadores y consumidores: una batalla en múltiples frentes, desde la evidente necesidad de pagar (y pedir permiso previo) por el uso de contenidos sujetos a cortapisas de propiedad intelectual (incluidos los publicados en internet) a una información veraz y comprobable por el consumidor. Del mismo modo que exigimos etiquetados que aseguren que el yogur es yogur, deberíamos exigir que un texto o imagen producidos con inteligencia artificial puedan ser identificados, o que las pseudo-obras artísticas no se vean beneficiadas por reducciones de IVA o reciban subvenciones destinadas a obras o empresas culturales. Del mismo modo, los productos generados con inteligencia artificial no son susceptibles de generar copyright, y tampoco deben ser autorizados a participar en concursos literarios que no lo especifiquen, y desde luego no los pagados con dinero público.

Todo ha cambiado

La ola no cesa. Afecta y afectará a todos los sectores: desde los gobiernos a la judicatura, desde la consultoría a las series de televisión. Los mercados tratan de ajustarse ante un paisaje legal que es distinto dependiendo de la zona en la que se ponga el foco: se acusa a la Unión Europea de sobre regular, pero por otro lado vemos una fuerte renuencia en Estados Unidos (que está empezando a tener diferencias por las legislaciones de los Estados) para dejar expedito el camino, a cambio de atropellar los derechos de millones de personas, a las grandes multinacionales norteamericanas del sector, que están inmersas en una carrera alocada con empresas chinas y en la que estas parecen reducir la distancia a gran velocidad, lo que plantea un escenario de conflicto. Ya se oyen rumores sobre la prohibición de modelos chinos en Estados Unidos. En realidad, si se considera desde el punto de vista geopolítico, podríamos decir que estamos en una guerra de sexta generación, cuyo botín es la captura de la cognitividad de las poblaciones, intención que ha declarado abiertamente el gobierno chino: no hay que olvidar que estos sistemas están plagados de sesgos que pueden desembocar fácilmente en armamento propagandístico. No hay que desdeñar, con todo, el efecto Bruselas: incluso con las graves deficiencias de la ley, abrió el camino a otras zonas, como Australia o la India, para que el asunto empezase tomarse en serio por los legisladores. Incluso China está generando normativa activamente y con una mirada avanzada.

Ahora bien, la ausencia de regulación efectiva está mostrando la potencia y el peligro de la tecnología (incluso desde sus paupérrimos fundamentos éticos) en áreas que suponen problemas serios. Por ejemplo, lo que se conoce como descarga cognitiva, esto es, confiar de modo regular y acrítico en las respuestas que dan los diversos modelos, lo que no es sino una manera de eliminar la fructífera actividad intelectiva que supone pensar (y escribir) por uno mismo. Más grave aún parece ser la relación de dependencia y autoafirmación que los programas suponen para poblaciones en riesgo emocional o psicológico, como pueden ser niños y adolescentes o personas que pueden verse envueltas en una escalada psicótica. Hemos visto suicidios inducidos en la infancia. De manera menos trágica, y en el campo legal, hay noticia de los errores que los modelos cometen en, por ejemplo, la inclusión de jurisprudencia falsa en instancias judiciales, lo que supone un grave riesgo para todo el sistema. Hay ejemplos que, de no implicar peligrosas consecuencias, resultarían cómicos. En el caso de profesiones colegiadas, como psiquiatras o abogados, la residencia de la responsabilidad no está clara, aunque estamos viendo cómo las grandes tecnológicas intentan no asumir ninguna por el uso de sistemas que, claramente, son defectuosos cuando no viciados desde el diseño. Es todo un reto imaginar otro sector en el que esto se permita. Y, como aviso a navegantes, son los usuarios quienes finalmente deben hacerse cargo de las consecuencias, como hemos visto en el caso de grandes consultoras que se han visto obligadas a devolver parte de lo facturado por usar inteligencia artificial de forma, digamos, poco profesional. Esta tecnología está generando un serio problema de cumplimiento para muchas empresas.

Naturalmente, la litigiosidad aumenta en varios países, especialmente Estados Unidos. Por un lado, familiares de personas lastimadas por el uso descontrolado del sistema (por ejemplo, adolescentes suicidas), empresas que usan agentes de IA que proporcionan información incorrecta, etc. Por el otro, multitud de artistas, editoriales, productoras o todo tipo de detentadores de derechos de autor o personas cuyos datos han sido utilizados sin permiso, por no hablar de los deepfakes, que lesionan gravemente la reputación. Ya estamos viendo cómo agentes de inteligencia artificial han provocado destrozos en las bases de datos de las empresas usuarias, y el catálogo de posibilidades de error no hace más que aumentar. Eso, sin entrar en las autopistas enormes que estos sistemas abren para todo tipo de delincuentes.

Internet es parte del problema

Algo llamativo es que las grandes tecnológicas (GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) cuentan con modelos de inteligencia artificial o se sitúan, como Amazon, en la cadena de valor de los centros de computación. Precisamente el crecimiento esperado de este tipo de granjas de computación es uno de los grandes problemas medioambientales del futuro inmediato: inversiones inabarcables para mantener la temperatura de mega centros que apenas generan empleo y que suelen empeorar la calidad medioambiental (en especial el agua) de las zonas en las que se instalan. Aragón, por ejemplo, cuenta con un ambicioso plan de inversiones de este tipo, y los ciudadanos empiezan a preguntarse sobre la pertinencia de usar tantos recursos hídricos para refrigerar máquinas. Se habla ya de montar granjas en el espacio, que cuenta con la ventaja de la refrigeración gratuita.

¿Por qué es internet parte del problema? Si unimos a Elon Musk al repóker de oligopolistas veremos que el dominio digital, incluso con la concurrencia de algunos jugadores chinos como Baidú o Alibabá, es estable desde hace años. De hecho, internet ha ido generando, a través del uso interesado de las licencias Creative Commons, que relajan las exigencias del copyright y que han sido fuertemente patrocinadas por estas empresas, una suerte de idea generalizada de que lo que circula por internet es público. Esto implica confundir lo publicado y lo público, aunque la confusión se acaba en el momento en el que intentemos obtener de manera gratuita un programa de ordenador de Microsoft, por ejemplo. Y, sin embargo, todo internet ha sido rastrillado, aspirado, troceado y usado en el entrenamiento de los Modelos Grandes de Lenguaje. Incluso modelos generados con dinero público español han utilizado repositorios como Common Crawl, que, digamos, no parecen sostener una correcta posición ética. Esto está en la base de la lucha de los autores por sus derechos, como ampliaremos luego.

A menudo me encuentro con personas que sostienen este argumento. Incluso altos oficiales del sector de la IA han confundido la accesibilidad con el permiso al usar, por ejemplo, todo lo que hay en YouTube. Siempre pongo el mismo ejemplo: que las frutas de mis árboles estén al alcance la mano no significa que todo el mundo pueda cogerlas. O, si me encuentro una cartera llena de billetes, lo lógico es llevarla a una comisaría, esperar el plazo legal para la reclamación y entonces hablar con Hacienda. Quedármela es ilegal, llanamente.

Al usuario le suele hacer menos gracia enterarse de que todo lo que haya subido a una red social ya ha sido devorado para entrenar a la inteligencia artificial, y que incluso puede ser parte de programas de vigilancia y reconocimiento facial, cuando no de videos fake ilegales y ofensivos. Nadie está libre de esto, y lo peor es que cualquiera puede hacer un video estúpido de, por ejemplo, Chuck Norris apalizando a un político. Mientras, el avance imparable de la red está causando problemas estructurales en las ciudades, de las que desaparece el pequeño comercio local, y con él la satisfacción de impuestos granulares, lo que ya está dificultando la financiación de, por ejemplo, los sistemas de transporte público. Además, las calles pierden vida y proliferan los locales reconvertidos a viviendas de baja calidad. Y esto alcanza a ciudades del primer mundo, como Nueva York, que se enfrenta a graves dificultades de financiación.

Muchos de los problemas que asociamos a la inteligencia artificial se replican o tienen su base en las redes sociales, las grandes formadoras de opinión de hoy en día y que están en muy pocas manos. Hemos visto ya ejemplos de propaganda rusa o china y la perpetuación de sesgos o prejuicios. No en vano se dice que la inteligencia artificial es WEIRD (rara): Western, Educated, Industrialised, Rich, Democratic. Yo me permito poner en duda lo último: la concentración de riqueza en manos de menos personas y las crecientes desigualdades sociales y nacionales plantean algunas cuestiones que convendría resolver o al menos debatir en serio. Hace tiempo que está claro que la inteligencia artificial es más política que tecnología.

¿Mantequilla en las dos caras de la tostada?

Si algo puede salir mal, saldrá mal: esta es la máxima del pesimista, pero también de los analistas de riesgos. Confía, pero verifica: esta es la máxima del optimista informado. Corre y rompe cosas: esta es la máxima de las grandes tecnológicas, que utilizan su gran poder para salir indemnes de esas roturas. Algunos podrían decir que eso es optimismo, yo creo que es sensación de impunidad.

El debate sobre la IA, en realidad, es una disputa sobre la preeminencia del relato. Por un lado, existe un gigantesco esfuerzo de marketing que trata de convencernos no solo de las bondades de la tecnología (que algunas tiene, por descontado), sino de quitarle hierro a las maldades (que también tiene, claro). El debate se extiende a las personas: hemos llegado a leer cómo a quienes se oponen (nos oponemos) al uso sin regulación de la tecnología se nos llama anticristos, nada menos. El objetivo es forzar la sensación de inevitabilidad de un advenimiento de lo que se da en llamar inteligencia artificial general, que implicaría que los sistemas informáticos nos superan en cualquier tarea cognitiva, algo que parece difícil según el estado actual de la tecnología.

El relato, naturalmente, opera a muchos niveles, con una legión de partidarios en gran medida acríticos que constantemente menosprecian a los que no lo son: «vas a perder el trabajo si no te haces experto en IA», «eres un retrógrado, un neoludita», «la regulación impide la innovación», «se van a crear más empleos de los que se van a destruir»... afirmaciones difícilmente verificables y basadas generalmente en los deseos y en un gigantesco sesgo de efecto arrastre que es casi imposible de rebatir. Y esto es así porque a muchos usuarios la tecnología les proporciona una ventaja real: gente que no sabe escribir publica «obras» («comete contenidos» sería más adecuado), pseudo profesionales cobran por consultar sin conocimientos valiosos, o se ejecuta código sin tener una formación sólida en ello. Eso suele llevar aparejada una férrea defensa de actos no del todo éticos, o no siempre: imagine el lector qué no dirán los directivos de las empresas tecnológicas...

En el otro lado, los apocalípticos predicen la llegada de una superinteligencia que esclavizará y destruirá a la raza humana. Lo curioso es que este discurso es también adoptado por los mercadólogos de las tecnológicas, empeñados en decir que la inteligencia artificial ya está aquí, que las máquinas son seres sintientes, que algunos sistemas son demasiado poderosos para lanzarlos al mercado o que, y este es el asunto, las máquinas tienen derechos, algo que debería horrorizar a cualquier jurista, pero que implicaría una enorme ventaja para las empresas. En primer lugar, porque todos esos textos producidos mediante «máquinas de plagio» como las llama Chomski, podrían producir derechos de autor, algo que actualmente no es posible y que limita mucho, como debe ser, las posibilidades comerciales de, por ejemplo, las películas producidas mediante esta tecnología.

Bienvenidos a la demorragia

Que los sistemas democráticos están en peligro no parece una noticia. Cualquiera que vea la progresión de las sociedades donde este sistema opera con cierta calidad, y no son tantas, observará con preocupación el populismo (fuertemente alimentado por las redes sociales), la erosión de los mecanismos de contrapeso institucional y check and balance y el creciente control social por parte de los gobiernos. La inteligencia artificial es combustible para estos problemas. Por ejemplo, la polarización es fuertemente alimentada por bots (al punto que se calcula que la mitad del tráfico en internet es generado por máquinas), los medios se ven abocados a una enorme pérdida de ingresos, los periodistas, como los ilustradores o los escritores, se ven condenados a un futuro de bajos emolumentos, la tentación de la automatización en determinadas partes del sistema judicial (pero también legislativo, con la idea descabellada de sustituir los parlamentos por sistemas de IA más eficientes o votaciones plebiscitarias constantes) o, en fin, el control asfixiante del comportamiento de los ciudadanos, que permite no solo la ubicación, sino el perfilado psicosocial de precisión cuando no la injerencia directa, mediante la moneda digital centralizada, en hábitos o gastos so capa de mejorar la eficiencia de los sistemas de salud, etc.

A esto lo denomino demorragia, y el proceso tiende a acelerar. Pensemos en el caso de la ministra virtual de Albania, Diella. Un sistema de inteligencia artificial que nace para mejorar la contratación pública y evitar la corrupción. El gobierno la nombra oficialmente ministra, (lo cual parece inconstitucional, según reclama la oposición), la publicita, le dota de un discurso y finalmente, las dos profesionales que la crearon son acusadas de... corrupción. Al fin y al cabo, si el trabajo de un programador, el de un redactor o el de un traductor pueden ser sustituidos por un programa, ¿por qué no el de una ministra? La pregunta es evidentemente tramposa, pero a muchos parece no importarles.

La actividad del poder legislativo tampoco está exenta del peligro de la automatización. Emiratos Árabes Unidos está utilizando ya activamente esta tecnología para actualizar y producir gran parte de su corpus legislativo, y probablemente esta es la primera de muchas actuaciones de este tipo en otros países. El problema de esto es que el debate, la fricción, la consulta, son elementos constitutivos de la producción de leyes, incluso aunque a veces el proceso sea exasperantemente lento. El viejo aserto alemán de que es mejor no saber cómo se hacen las salchichas ni las leyes parece no ser tan evidente o sabio. Porque la opacidad algorítmica es un hecho, y la falta de reproducibilidad de la iteración de la producción de respuestas de la IA también.

Por último, ¿estará el poder judicial en entredicho? Por supuesto. En cualquiera de los casos no parece una gran idea entregar a una tecnología que tiene dueño y que ni siquiera es nacional o comunitaria los poderes del Estado. Siempre se aduce que la obligatoriedad del control humano, como en el caso de las armas susceptibles de funcionar autónomamente, va a ser protegido y garantizado, pero habría que preguntarse por cuánto tiempo. Por ejemplo, muchas controversias online, o las que se den en determinados servicios de atención al cliente, son ya solucionadas por algoritmos y es inevitable pensar que es un enorme campo de pruebas. Vista la velocidad del desarrollo de la tecnología, no es irrazonable pensar que muchas de las funciones de jueces o letrados pueden ser sustituidas a corto plazo.

No solo eso: la potencia de algunos programas es tal que hay cierto temor entre los gobiernos a quedarse atrás. Si admitimos que la IA es también política, es difícil sustraerse a la idea de que pueda usarse con fines sometidos a estrategias nacionales. Un ejemplo sería la petición de la Comisión Europea, y la preocupación de los estados miembro, ante el lanzamiento de sistemas poderosos, como Mythos, que promete detectar vulnerabilidades de ciberseguridad, al parecer con excelentes resultados y que ha sido distribuido a unos pocos actores, entre otros, bancos estadounidenses que pueden así mejorar su arquitectura de seguridad, mientras los grandes bancos europeos pueden verse amenazados y superados. De ahí que la Comisión presionara para que se incluyera a actores europeos en la distribución limitada del sistema. Los acontecimientos posteriores, con la prohibición de uso de Fable 5 para ciudadanos no estadounidenses, finalmente retirada, hizo que muchos se dieran cuenta de que estamos en un mercado de licencias que puede ser manipulado por el gobierno norteamericano (y el chino, que es un gobierno dictatorial). Esto ha encendido el debate sobre la soberanía tecnológica europea.

Un lado de la tostada dice adoptémosla rápidamente, el otro dice no lo hagamos. Y en este caso, parece difícil ponerse de lado.

Es la economía, estúpido


La famosa interpelación de Bill Clinton a su oponente es en realidad un componente imprescindible de cualquier análisis sobre inteligencia artificial: una tecnología tan disruptiva como esta, que se está desplegando a enorme velocidad y en todo el mundo, supone un sector económico de enorme magnitud. La economía que sostiene una corriente de inversión inacabable en empresas que pierden dinero de manera escandalosa, como Open AI, está en entredicho, y muchos consideran que estamos ante una burbuja. Hay que tener en cuenta que la rentabilidad (esperada y prometida, no real) se basa en una adopción masiva, especialmente por parte de las empresas, que no se está dando. Las versiones gratuitas de los programas más populares son las que realmente se usan, así como la curación de búsquedas por internet por parte de estos sistemas, lo que además cambia drásticamente el paisaje económico de la publicidad en internet, con consecuencias onerosas para medios y anunciantes.

No obstante, lo que a veces se conoce como uberización, esto es, la sustitución de un sector tradicional (el taxi, en ese caso) por otro apoyado por la tecnología y con precios dinámicos, capaces de ajustarse a la demanda, suele empezar con servicios muy baratos o gratuitos. Sin embargo, el mandato, perfectamente legal y ético, vaya por delante, de buscar rentabilidad, hace que la estructura de precios varíe cuando se alcanza una posición preponderante. La inteligencia artificial generativa a bajo coste o gratuita no parece sostenible, al menos no para las empresas desarrolladoras. La estrategia es la típica del caramelo (o de las drogas): consigo que te descargues cognitivamente en la máquina (esto es, que llegues a pensar que no sabes escribir un email, por ejemplo) y luego empiezo a cobrarte. En realidad, la operación de privatización del conocimiento humano (que es lo que significa, en última instancia) implica que en algún momento vas a tener que pagar: de nuevo la narrativa marketiniana se pondrá en marcha para limar la disonancia cognitiva. Existe la televisión gratuita y existe Netflix, por poner un símil. Pero si no pagas, algo malo te va a pasar: tu empresa cerrará, te quedarás sin trabajo, etc.

¿Cómo sostener los enormes costes de computación y hardware de estos sistemas? Hay intentos de generar sistemas de propiedad pública, como el caso de MarIA, sufragado por el gobierno español, y más ejemplos en otros países de Europa. La promesa de muchas empresas chinas es que trabajarán en abierto, del mismo modo que lo proclama Llama, propiedad de Facebook. Si hasta el perejil se cobra, yo no me fiaría mucho de estas promesas de gratuidad eterna. La otra falacia es el bajo coste. En este momento el castigo lo sufren los inversores, muchos de ellos atrapados en la trampa del too big to fail, pero la tensión económica se trasladará tarde o temprano a los usuarios, como de hecho empieza a ocurrir. Algunas empresas se encuentran facturas por el uso de agentes de inteligencia artificial que son más gravosas que las contrataciones de personas. Si se paga por consumo, el escenario cambia, y empezamos a ver cómo la codificación mediante IA es bastante más cara de lo que se esperaba. Tener cuatro o cinco agentes de IA al servicio de un empleado puede resultar una inversión ruinosa si se paga por uso.

El sector de la inteligencia artificial impacta en muchos otros. Empezamos a ver despidos masivos en todo el mundo bajo la bandera «AI first», que en mi opinión debería bastar para dejar de usar los servicios o consumir los productos de las empresas que proclamen tal cosa. En realidad, muchos analistas consideran que la IA es una excelente excusa para este tipo de movimientos sin que en realidad haya una relación directa. Consultoras, banca, servicios de atención al cliente y otros sectores van a sufrir seriamente. Otra derivada es qué ocurrirá con el consumo. Si, como se augura por los propagandistas, los trabajos mejor pagados (seniors, directivos, arquitectos, etc.) van a ser sustituidos, ¿quién sostendrá el mercado inmobiliario? ¿Las pensiones? Una solución que se apunta es la renta universal, pero parece un oxímoron. ¿De verdad alguien piensa que esa renta va a llegar a los países del tercer mundo? En realidad, según la tecnología se perfecciona, muchos trabajos deslocalizados en países en desarrollo van a desaparecer: adiós a los call center en países asiáticos o hispanoamericanos...

En el principio de esta cadena está el desvío evidente de renta que se trasvasa desde sectores que gozan (o gozaban) de buena salud y proporcionan millones de puestos de trabajo, como las industrias creativas o las informáticas, cuya potencia económica se debilita, como el roble frente al muérdago, mediante la sustitución de su servicio o producto por elementos producidos con IA. El cine, los actores, guionistas, escritores, traductores, programadores, diseñadores, fotógrafos e ilustradores... cientos de profesiones están abocadas a la desaparición o como poco a la pauperización.

Inteligencias de artificio

Ars longa, vita brevis. La famosa máxima de Hipócrates podría traducirse por «El arte es largo (costoso) de aprender, la vida es breve». En realidad, la frase completa rezaría «La vida es breve, el aprendizaje, largo; la ocasión, fugaz; la experiencia, insegura; el juicio, difícil». Si algo me parece peligroso es la promesa de eliminar la fricción, el esfuerzo, para conseguir algo. Un doctorado debe ser difícil, el verdadero juicio, provisional y abierto a la mejora, la experiencia, un camino que no necesariamente proporciona aprendizaje, sino tan solo achaques. Y la ocasión fugaz (la inspiración, por ejemplo) deja de serlo cuando se puede obtener bajo demanda.

Llevo mucho tiempo defendiendo que escribir es pensar, que labrar un destino de artista significa sobre todo iteración, trabajo, autocrítica. Como he reivindicado en algunos foros de la UE, tenemos que preservar al derecho a ser artistas. La apuesta vital, muchas veces ardua, no debería verse cercenada por una tecnología que elimina el esfuerzo. Multitud de profesores comprenden con angustia que cada vez más lo que hacen es poner nota a la habilidad para usar ChatGPT, los editores viven con la amenaza de que les cuelen una «novela» «cometida» con inteligencia artificial (ya ha habido casos de rupturas de contrato por este motivo), muchos escritores reclaman un sello que certifique que algo está hecho sin IA. Yo abogo por lo contrario: es esta tecnología la que está usurpando la legitimidad autoral de la obra. Y también apuesto por fuertes castigos ante posibles incumplimientos. Es necesario repensar la estructura de la propiedad intelectual, pero no para debilitarla, como reclaman las empresas desarrolladoras, sino para establecer con claridad que es una propiedad positiva, que no necesita afirmación una vez establecida. Y está protegida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, concretamente en el artículo 27, además de en el 17 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Yo he introducido en mi libro de idea de los Derechos de los Humanos, que implica la defensa de las personas frente a la presencia impuesta y la búsqueda de derechos para las máquinas: por ejemplo, reivindicar el derecho a no ser obligado a utilizar esta tecnología o a no sufrir consecuencias por no hacerlo, a no ser juzgado por un robot en litigios de calado, a no ceder el control de la autonomía monetaria o a no sufrir presiones para abrazar ideas transhumanistas.

Lo que en realidad debería preocuparnos es que, si no conseguimos generar un mercado estable, y rentable, para las profesiones creativas, y permitimos que la inteligencia artificial siga utilizando materiales protegidos para crear un mercado alternativo que compite directamente con las obras futuras de los detentadores de derechos, en una sangrante pirueta, no habrá especiales incentivos para la creación. Si ya es un tipo de profesión depauperada y sometida a una enorme inestabilidad, la erosión del margen puede matar la cultura. Esta protección solo puede conseguirse con regulación. Fortaleciendo la propiedad intelectual y evitando atajos como la directiva DSM (2019/790) a cuya excepción del artículo 3, que permite el uso de obras protegidas sin permiso para la investigación sin ánimo de lucro, se agarran los desarrolladores para justificar un expolio que algunos consideran el mayor robo de propiedad intelectual de la historia. Yo entre ellos.

Estamos matando al siguiente Kafka, Picasso, Georgia O’keefee. Y lo estamos permitiendo sin apenas pestañear, cegados por las pantallas de nuestros teléfonos. Este es el panorama que se ve desde mi escritorio, pero no quiero refugiarme en mi obra, mirando mi ordenador con la cabeza gacha y sin observar y criticar lo que me rodea. Seguir escribiendo sobre ello es una decisión ética. Eso que no tienen las máquinas.

Ha publicado un ensayo crítico sobre IA y cultura: Androiceno. Escribir en la era de la inteligencia artificial. https://n9.cl/m1kv2

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