28/04/2026
Las «Clabes» de 2026
Por Jorge Corrales, director general de CEDRO
Alguna que otra vez sucede algo inesperado, algo que cambia la perspectiva del punto de análisis de la realidad. En la mayoría de las ocasiones, estos cambios no provienen de complejos razonamientos matemáticos sino de algo más básico: lectura, pensamiento crítico y trabajo. Estos «giros en la trama de la novela» consolidan las claves que definen cómo se desarrollan los personajes en el nuevo escenario. A continuación, analizamos algunas de ellas.
1. El mapa no es el territorio
Si cada etapa en la historia de la humanidad ha venido marcada por un avance técnico o tecnológico que ha incorporado nuevas soluciones de productividad y concentración de recursos, dicho desarrollo no se ha producido sin un proceso paralelo: la inoculación, en el mundo inmaterial del conocimiento conceptual, de toda una serie de «vocablos» que han configurado una nueva extensión del terreno de juego por el que transita el imaginario colectivo de la sociedad.
Ese acompañamiento «táctico» de los desarrollos tecnológicos no solo se ha diseñado a facilitar la apropiación de la acción —el trabajo— y de la atención —también trabajo— en la búsqueda de un beneficio puramente económico. También ha perseguido un efecto de ocultación de realidades incómodas que podrían provocar algún tipo de responsabilidad frente a los colectivos hipotéticamente desplazados en el nuevo escenario. El caso más reciente lo estamos viviendo actualmente con la irrupción de la inteligencia artificial. Vemos cómo se intenta alterar el concepto de copia —la fijación de una obra en un soporte o estructura de la representación de la información— modificando continuamente las etiquetas utilizadas para denominar a la realidad en la que esa representación existe.
Así, se habla de entrenamiento de la IA, cuando en realidad gran parte de ese proceso consiste en un proceso de compresión de la información orientado a optimizarla y a minimizar entrópicamente su pérdida.
Se afirma que el modelo no guarda información de las obras utilizadas, cuando en realidad constituye en sí mismo una fijación de la información, aunque en forma distribuida, y no discreta o local, como era habitual en los sistemas tradicionales de almacenamiento. Se habla de un espacio latente, que no es más que la forma probabilística de recuperación de la información previamente fijada, mediante una función matemática continua, frente a la forma de recuperación directa que tradicionalmente se explotaban. Incluso se habla de federated learning en lugar de hablar de copia de la información entre modelos, con el objetivo de evitar la necesidad de « invertir» en el costoso proceso de «entrenamiento».
Por ello, antes de nada, ahora lo más necesario es llamar las cosas por su verdadero nombre para poder divisar todo el territorio y poder asignar a cada «colono» su justa superficie.
2. La teoría de los bienes comunes y el llenado y vaciado del pozo comunal.
La digitalización descontrolada, —o mejor dicho, controlada principalmente por las grandes tecnológicas y por las administraciones públicas, —según los datos del tercer Observatorio de Sostenibilidad de la Cultura Escrita—, ha provocado que muchos de los bienes y servicios que se intercambiaban en distintos mercados, hayan pasado a engrosar la lista de productos o bienes comunes. Es decir, aquellos cuyo consumo por un ciudadano no afecta al acceso de otro, como ocurre con el libro digital pirata, la prensa pirateada o los capítulos de libros utilizados en entornos educativos cerrados, productos por los que nadie está dispuesto a pagar.
Atrapados en la lógica de la optimización de la decisión individual a corto plazo dentro de dicho nuevo mercado digital instalado en el imaginario colectivo, es la propia ciudadanía la que, sin conocer las consecuencias de sus actos, está contribuyendo a la extinción de esos bienes comunes. Porque, cuando se plantea si es justo pagar a los escritores por su trabajo, el acuerdo es prácticamente unánime: sí lo es. Sin embargo, tanto las miradas protegidas desde lo alto del castillo de quienes deben liderar o gobernar con el ejemplo —guiados por el coste esperado—, como los relatos interesados de quienes persiguen el rendimiento inmediato —guiados por el beneficio esperado—, terminan dibujando soluciones que condenan a los agricultores de la cultura escrita —escritores, traductores, periodistas y editores— a épocas de hambruna, y a la sociedad en su conjunto a penurias que, muchas veces, no se reconocen hasta haber alcanzado el extremo contrario. Hoy en día, vemos ejemplos claros de estos movimientos pendulares en las iniciativas de miles de padres y madres que demandan la vuelta de los libros en papel al sistema educativo. Una precaución que debería extremarse ante la creciente introducción de la inteligencia artificial en este ámbito, convertida potencialmente en una poderosa arma de destrucción cognitiva, como ya señalan algunos estudios.
3. Lo barato sale caro
Las iniciativas destinadas a ahorrar el pago de remuneraciones por la reutilización de obras con derechos de autor —y no hablamos aquí de vulneraciones de derechos—, como la promoción del uso de redes sociales, YouTube y plataformas similares, han provocado efectos contrarios a los previstos en los sistemas educativos. Así lo señalan en recientes juicios celebrados en Estados Unidos, cuyos fallos apuntan a consecuencias negativas derivadas de estas prácticas.
Creo que la mayoría de los ciudadanos, como contribuyentes, estarían de acuerdo en no destinar dinero público a socavar los derechos de los creadores. No obstante, muchos de quienes toman las decisiones no comparten esta visión y a veces prefieren, incluso, ocultar las emisiones de los centros de datos impulsados por las grandes tecnológicas, que hacen posible seguir deteriorando la independencia del mundo de la cultura.
4. ¿Puede la IA diseñar nuestra cultura y sociedad?
Cuando hablamos de la IA sin «disfraces», también hablamos de los resultados que nos devuelve una función matemática que extrae su esencia de un mar de información formado por gotas numéricas, esto es, de estadísticas avanzadas. La IA, con todo su barniz revolucionario, no es sino una ampliación gigantesca de la capacidad de análisis estadístico de Internet.
Conviene no perder de vista una cuestión. Si nos acostumbramos a aceptar como creados por autores los productos generados por dicho software —textos, canciones y otros contenidos calculados—, estos acabarán generando, de forma inadvertida y también de forma interesada para quienes construyen y controlan esos mismos sistemas, nuestro imaginario cultural y, en última instancia, la realidad política.
Ya Platón nos explicaba que el progreso no se limita únicamente a una mayor capacidad de generación de productos, sino que pasa por la realización humana a través de las artes y la ciencia; porque el cambio no es lo mismo que el progreso. Para avanzar hacia esa definición de progreso no basta solamente con disponer de un acceso a la información, a las obras o los contenidos; se necesita también una capacidad de interpretación de la misma, es decir, pensamiento crítico, y una actitud creativa y práctica que no puede partir de otra cosa que de unos textos estructurados, contextualizados y verificados.
Entendiendo esa realidad, desde hace siglos las leyes de derechos de autor y de propiedad industrial han venido protegiendo la creación humana porque ese amparo ha hecho posible el progreso de la humanidad. Si los outputs de las máquinas reciben cualquier tipo de protección, los creadores humanos pueden sufrir pérdidas económicas, con lo que el músculo de la creatividad se verá atrofiado. Podríamos entrar en una nueva era de sedentarismo cognitivo, similar al que otros avances tecnológicos han generado en el ámbito de la salud física lo que llevará a debilitar dramáticamente la capacidad creadores de la sociedad.
5. ¿De quiénes son los derechos de autor de los resultados de la IA?
A no ser que los softwares —corpóreos o no— y los humanos compartamos un marco de derechos similar —tanto en derechos como en obligaciones— seguirá viva la incógnita sobre la propiedad de los outputs generados con sistemas de IA. Porque, ¿cómo se podrá asegurar y verificar objetivamente que un texto nacido de un sistema estadístico avanzado es el resultado final de una capacidad creativa humana, que mantiene una naturaleza distinta, cuando sabemos que miles de obras de otros autores han contribuido en dar vida a ese resultado? Dada la escasa transparencia de los sistemas, confirmar la originalidad del producto sin conocer en detalle todas las obras que se han integrado en el modelo parece, cuando menos, una afirmación arriesgada.
El mapa de todas las decisiones que se toman en la elaboración y edición de un libro, un artículo de prensa, un reportaje de una revista o la creación de una partitura configura, tanto para el autor como para el editor, el núcleo de su trabajo creativo. Pero la utilización de los sistemas de IA, ¿lleva a una automatización de todas y cada una de esas decisiones, o se limita a ofrecer un resultado final? La automatización es un medio, mientras que el producto final es un fin. No deberíamos confundir eficiencia con valor; es precisamente en esa etapa donde deberían intervenir las administraciones públicas. Aprovechemos, por tanto, la oportunidad para volver a escribir, con derechos de autor, las glosas del desarrollo de la IA en la sociedad, en busca del primigenio progreso.
Dentro del retorno probabilístico que generan los sistemas de IA sobre el mapa de representación de la información, en el caso de que dos personas obtengan el mismo producto final utilizando procedimientos distintos, es decir, prompt diferentes, ¿quién de ellas será la parte vulnerada y quién la vulneradora?
La misma transparencia que hoy esquivan los desarrolladores para potenciar el mercado de ese software resulta, sin embargo, un paso necesario para gestionar correctamente su utilización.
Parece que a veces los árboles no nos dejan ver el bosque.
6. Cuando un límite o excepción a los derechos de autor opera sin transparencia en los usos y sin remuneración: la «expropiación de facto»
Estamos acostumbrados a escuchar que los límites a los derechos de autor se establecen para definir de forma positiva el marco en el que el propio derecho puede ser ejercido por su titular. Pero ¿qué sucede cuando quien fija el marco de esos límites es, al mismo tiempo, el principal usuario de las obras? ¿Qué sucede cuando ese usuario desatiende permanentemente cualquier petición de información sobre sus usos, realizados además en entornos cerrados, o cualquier petición de negociación por parte de los titulares?
En esos casos se dibuja una ficción de legalidad. Según ha venido estableciendo el TJUE en diversas ocasiones, el Estado tiene una obligación de resultado, y no meramente de medios o podríamos decir de establecimiento de textos legales. Con este comportamiento se está produciendo una desnaturalización de los límites establecidos al derecho, transformando un límite en una expropiación de facto de los derechos. Es, además, un argumento adicional para replantear el modelo aplicado a la minería de textos y datos, que posteriormente se trasladó a la IA y que recientemente ha sido reconsiderado por el Parlamento Europeo en la Comisión JURI y por el Consejo de Europa.
A veces, como en La Rioja, los políticos se disfrazan de monjes para compartir parte de sus conocimientos de vidas pasadas. Solo debemos agradecer su ejercicio de sabiduría e incitarles a contemplar el mundo con una mirada plena, también incluyendo los derechos de autor en su liturgia.




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