La cordura en la oscuridad

07/04/2026

La cordura en la oscuridad

Por Jorge Corrales, director general de CEDRO 

Llamamos pueblos vikingos a las civilizaciones nórdicas (Noruega, Suecia, Dinamarca) que destacaron como navegantes, comerciantes y exploradores. Con el paso del tiempo, estas naciones han seguido construyendo su civilización desde el equilibrio entre modernidad y respeto a su Historia, logrando implementar y consolidar un modelo social propio, un contrato que nos muestra el camino para contrarrestar los desiguales efectos que los nuevos modelos económicos extractivos generan en el ámbito político y social. Una cuestión de prioridades.

Se trata de Estados muy estables, donde la confianza de la ciudadanía en sus instituciones, en sus vecinos y en el propio sistema constituye la base de su funcionamiento. Una especie de teoría de los comunes en la que todas las personas importan y se fomentará el respeto mutuo por todos los trabajos de las personas que constituyen la comunidad. Un reconocimiento del esfuerzo de quienes nos rodean.  

Sería algo así como si hoy en día se respetaran los derechos de autor de escritores, traductores, periodistas y editores en todos los ámbitos donde se reutilizan sus obras.  Una sociedad donde se acepta un fin de consumo del producto de dichos trabajos por los miembros de la comunidad, pero no otro que genere una actividad de desarrollo de nuevos negocios basada en ellos —como ocurre actualmente con el desarrollo de sistemas de IA u otros conflictos «económicos» por el uso de obras de los creadores en otras áreas públicas y privadas— por parte de organizaciones donde se presenta un conflicto de interés.  

Todo ello da lugar a una cultura política pragmática, no ideológica, donde las decisiones se basan en la evidencia y no en el dogma. Esto genera una mayor estabilidad, reformas más graduales y niveles menores de polarización. En un entorno donde la información ha dejado de ser escasa y su abundancia ha erosionado en gran medida el significado de la realidad —especialmente en los entornos de retroalimentación algorítmica—, estos países están logrando volver a trabajar en los principios que benefician al conjunto de sus sociedades.  

La teoría económica confirma que, cuando el coste marginal de distribución es cero, la única forma en la que las empresas pueden sobrevivir es generando monopolios. Esta tendencia se ha ido consolidando en los últimos años y se ha visto potenciada con el nuevo «aurea» del coste marginal cero en la producción, especialmente con la producción de productos y servicios culturales «incorpóreos». A ello debemos sumarle que este modelo suele prescindir de la remuneración adecuada al trabajo de los creadores, lo que agudiza aún más las dinámicas de concentración empresarial. 

Todo ello se ve «acelerado» en un contexto en el que las grandes tecnológicas y los gobiernos continúan intensamente concentrados en la implementación de un nuevo modelo económico desde la oferta. Lo que se refleja en tendencias como la promoción de políticas de Open Access, cuyos contenidos pagamos todos con nuestros impuestos y que, una vez más, están constituyendo la materia prima para el desarrollo la IA que «reestructurará» nuestro trabajo. 

Lo vemos también en la proliferación de cursos de formación gratuitos, orientados a generar hábitos de consumo de estos nuevos productos. Aunque se presentan como oportunidades de capacitación, esta evolución transformará el proceso de producción de bienes y servicios, implicando la desaparición de muchas tareas concretas que hoy desempeñamos a nivel profesional. 

El principio que plantea el concepto de Epistemic Scarcity (Epistecmis Scarcity: The Economics of Unresolvable Unknowns), sostiene que la «verdad» —y no simplemente la disponibilidad de información— es lo que debe gobernar las relaciones sociales y comerciales.  Bajo esta idea se propone indirectamente impulsar el trabajo conjunto desde los ámbitos de la cultura, el consumo y la educación, es decir, desde la demanda para que los ciudadanos tomen decisiones ya que el verdadero bien escaso es el conocimiento verificable y estructurado. Y es precisamente este conocimiento el que podría ser el gran factor económico de crecimiento.  

El desvanecimiento, en la realidad visible, del empoderamiento de iniciativas donde la IA se incorpore en el proceso, pero donde lo fundamental siga siendo la aportación humana, oculta el gran reto de este nuevo y apresurado sistema de recolección de rendimientos instantáneos que, una vez más, pone en riesgo al conjunto de la ciudadanía. 

En este baile entre la abundancia de información y la urgencia de la nueva evolución tecnológica —que, aunque aparenten ser dos fenómenos distintos, parten del mismo interés— aparecen situaciones claras de lo que podríamos denominar asimetría de información que nos lleva a una falsa situación de Realismo Responsable, como el reciente trabajo de los profesores Ariel Guersenzvaig y Dagmar Monett nos presentan (When Responsibility Enables Ethics Washing: Responsible Realism as a Critical Lens for Probing Institutional Recommendations for the Use of AI in Higher Education). 

Un ejemplo reciente aparece en el informe realizado en Reino Unido, Report and impact assessment on Copyright and Artificial Intelligence. Según revelan las investigaciones de académicos estadounidenses, los regímenes de derechos de autor que incorporan el fair use, el gasto en I+D es solo un 5,25 % mayor por parte de las empresas de tecnología y hardware en comparación con países con regímenes más restrictivos. Tenemos un problema de control del relato sobre la regulación. 

Es decir, el argumento que sostiene que la inversión en caso de desarrollar un entorno que proteja los derechos fundamentales —entre ellos, los derechos de autor—, no parece ajustarse a la realidad. En esta misma línea, en los últimos tres años se han presentado más de 1.000 iniciativas legislativas sobre gobernanza de la IA en Estados Unidos, cuando quien suele percibirse como permanente regulador es la Unión Europea.  

Está claro que, para alcanzar determinados objetivos económicos, se tiende a aislar relaciones causales interesadas dentro de sistemas que son muy complejos, lo que nos conduce a la equivocación. Hemos pasado de una economía de escasez de información a una escasez de atención y veracidad, lo que está generando nuevas formas de «secuestro de rentas» (rent-seeking), especialmente sobre las correspondientes a escritores, traductores, periodistas y editores, y permitiendo la formación de monopolios visibles, situaciones de captura de la narrativa e inflación simbólica (en referencia al concepto de Economía Simbólica que comentaremos más adelante).  

Mientras tanto, aquellos que presuntamente han vulnerado los derechos del colectivo autoral y editorial se mueven entre conceptos antropomorfizados memorización, creación, pensamiento cuando tienen que potenciar la «venta» o el uso de sus sistemas en el nuevo mercado (desde el lado de la oferta), y otros puramente matemáticos cuando deben defender la legalidad de sus actuaciones frente a las autoridades. Así ha ocurrido recientemente en la vista ante el TJUE entre Like Company y Google, donde la explicación de la tecnológica destacó que «el modelado estadístico de patrones lingüísticos y la generación de respuestas mediante la predicción probabilística del siguiente token no constituyen actos sujetos a la ley de derechos de autor».  

Es como si volviéramos a presenciar la naturaleza dual de la materia (onda-partícula), en función de la cuestión que más nos interese observar. Una vez más, cambia el relato según convenga

Algunas de las iniciativas adoptadas por estas «salvajes» civilizaciones del norte nos muestran por qué es importante cuidar y desarrollar el lado de la demanda «consciente», y no solo «consumista», para el desarrollo de sociedades sanas.  

El humano en el proceso (Human in the Loop

La primera de las iniciativas representa un paso al frente en cuanto al desarrollo de un modelo estatal de IA. 

Durante meses, el equipo de la Biblioteca Nacional de Noruega ha estado trabajando en diversos estudios a petición expresa del gobierno noruego, para determinar el valor añadido que las obras creadas por autores y editores aportan a un modelo de IA. Una vez confirmado este punto, se ha buscado un marco consensuado que, aun impulsando la innovación necesaria para el desarrollo de los sistemas de IA sostenibles en sus lenguas propias, no devalúe el trabajo ni la inversión de los creadores en la nueva economía «artificialmente inteligente».  

Dar visibilidad a un trabajo que genera un valor añadido en el proceso de desarrollo tecnológico es el primer paso para no generar desigualdades sociales. Esta participación activa de los creadores en el modelo nacional ha vuelto a evidenciar el compromiso firme de la gobernanza social y cultural en el desarrollo de los sistemas, incluidos los del sector privado. 

¿Cómo se podría poner al humano en el centro si no se respetan los derechos de autor de las obras utilizadas en el desarrollo de los sistemas, ya sean nacionales o de empresas privadas? 

En este punto, recordemos las claves del acuerdo de Noruega con los editores de prensa para entrenar la IA. 

Una educación inclusiva también para los creadores 

Desde hace décadas, los sistemas educativos de los países nórdicos reconocen, por la vía de los hechos —no solo de los derechos—, el trabajo de los autores y editores. Consideran la educación gratuita como un derecho social, pero también la remuneración por la reutilización de los libros, periódicos, revistas y partituras en el sistema educativo como un derecho laboral y cultural, por lo que ambos se complementan.  

Tienen claro que, si aspiras a una sociedad educada, necesitas creadores fuertes. De hecho, recientemente se ha firmado un nuevo acuerdo para los usos de material protegido en sistemas de IA utilizados en el ámbito educativo noruego. 

Todo ello parte del reconocimiento de la importancia de esta sinergia entre educación y creadores. No solo a nivel lúdico, donde el reto principal, tanto político como educativo, no es resistirse a las tecnologías inteligentes ni implementarlas sin control, sino diseñar entornos sociales y de aprendizaje que cultiven la atención profunda, el razonamiento crítico y el control metacognitivo, aunque para ello se tenga que volver a mirar hacia una infancia analógica como mejor forma de preparar un futuro digital. 

En este nuevo marco que dibuja la IA no deberíamos caer en la «paradoja» del rendimiento-aprendizaje como algunos informes señalan, ya que el sistema educativo marca el paso hacia el encuentro con la avalancha de información del mundo real, y debería hacerse de una forma «trabajada», «securizada» y, sobre todo, con responsables claros sobre el «menú intelectual» que se ofrece en el proceso de crecimiento de las generaciones futuras.  

Tampoco parece adecuado consolidar el uso de suscripciones a canales de redes sociales en lugar de libros (de texto o no), como parece que persigue alguna empresa, según la información aparecida del proceso de reevaluación del uso de pantallas y redes sociales en la educación que se está llevando a cabo en Estados Unidos. 

No olvidemos que, en esta carrera hacia un fin de «enseñanza personalizada», es posible que también se desembarque en una «uberización» de la profesión de educar; plataformas como Hoot ya están en marcha. 

Contenidos ilegales, inapropiados o dañinos 

El brand safety (seguridad de marca) es el «conjunto de medidas y herramientas utilizadas en publicidad digital para asegurar que los anuncios no aparezcan junto a contenidos inapropiados, ilegales o dañinos» (violencia, materiales piratas o sin licencia, odio, fake news). Su objetivo principal es proteger la reputación y los valores de la empresa, evitando asociaciones negativas.  

Pues bien, recientemente en Suecia nos hemos encontrado con la decisión de que la Asociación nacional de la industria de la publicidad digital y marketing interactivo en el país (IAB) ha expulsado a Meta de la Asociación

Privacidad, derecho a la imagen 

En este caso, Dinamarca ha sido quien se ha adelantado en la regulación para proteger la «propiedad intelectual» sobre la voz, el rostro y el cuerpo de la ciudadanía con el objetivo de evitar montajes realizados mediante IA. 

Recientemente también hemos asistido a la primera sanción de la AEPD a un colegio por el uso indebido de Google, que se utilizaba como vía de acceso a videojuegos y YouTube. Esto demuestra que, tan importante como la «paternidad» de los contenidos a los que acceden nuestros estudiantes, lo es el camino a través del cual acceden a ellos.  

Por un futuro tecnológico justo 

En esta ocasión hablamos del Consejo del Consumidor de Noruega que, junto con otras organizaciones de consumidores en Europa —entre las que se encuentra la Federación de Consumidores y Usuarios—, ha lanzado una campaña para sensibilizar a la población sobre el deterioro en la calidad de los productos y servicios digitales. La campaña se ha presentado con un pequeño video titulado Ensh**ttificador o «mierdificación».   

Esta cuestión vuelve a coincidir con estudios recientes que apuntan a que los resultados de los sistemas de lenguaje natural (LLM) pueden influir en el texto y los pensamientos de las personas, lo que posibilita la tan comentada «homogeneización» del pensamiento

Y es que parece claro que la necesidad de información estructurada, bien contextualizada, con un claro linaje intelectual y que permita trabajar cognitivamente, es decir, que no suponga un ejercicio de descarga cognitiva, son cuestiones esenciales para la construcción de la identidad personal en el conjunto de la sociedad, como lo demuestran los Observatorios para la Sostenibilidad de la Cultura Escrita de CEDRO. 

Y, aunque en el corto plazo estamos más interesados en la capacidad de difusión, monetización y otras cuestiones, no deberíamos perder de vista que la capacidad de favorecer la atención profunda, la empatía y la comprensión, la transferencia de modelos y la eficiencia cognitiva depende de ello. 

Afortunadamente, poco a poco, en distintas regiones —como ha ocurrido recientemente en el País Vasco y concretamente en la Comisión de Cultura, Euskera y Deporte— podemos ir compartiendo estas preocupaciones. 

En esta situación de capitalismo simbólico (woke) en la que nos encontramos, en la que la IA se alimenta en los abrevaderos del Open Access (pagados con nuestros impuestos), las grandes tecnológicas proponen negocios de digitalización a las bibliotecas públicas, y los sistemas educativos acuerdan con estas compañías el acceso a sus herramientas a cambio del uso de los datos de los estudiantes y de los contenidos, al menos,  para entrenar y optimizar sus modelos, deberíamos ser capaces, como están haciendo los «salvajes» países del norte desarrollar, —siempre que los conflictos de interés lo permitan— estándares sostenibles que deban aplicar las empresas y las Administraciones Públicas que desarrollen sus actividades en nuestro país, como ocurre en la mayoría de los sectores (construcción, farmacéutico, financiero, etc.). 

Y es que los mercados y la actividad regulatoria de los Estados son las dos caras inseparables de la misma moneda, máxime en este modelo económico de «plataformización» donde vivimos.  

Como alguien nos comentaba recientemente, la actitud conservadora que las Administraciones Públicas han mantenido respecto a los derechos de autor —especialmente en el sector editorial— debería evolucionar hacia una actitud más proactiva, en beneficio de la capacidad creativa del conjunto de la ciudadanía. Innovar sin reglas no es progreso. Es transferir el valor de las manos de los creadores a terceros. 

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